Nuestro cerebro se conecta con los animales más rápidamente que con ninguna otra cosa, incluso más rápidos que con los humanos.

Científicos del Instituto Tecnológico de California, han descubierto que una zona de nuestro cerebro se conecta con los animales más rápidamente que con ninguna otra cosa, incluso más rápidos que con los humanos.

En los tiempos que corren no es difícil encontrar personas que prácticamente no han tenido contacto con animales vivos, especialmente en las grandes ciudades. Se podría pensar, pues, que los humanos modernos tienen una conexión con el mundo animal más bien escasa. Sin embargo, siglos corriendo tras presas o huyendo de posibles depredadores han terminado por dejar una huella en el cerebro humano, una conexión con el mundo animal que pervive incluso en los más obcecados urbanitas.

A lo largo de la historia, los animales han supuesto, y suponen, un elemento importante en la vida y el desarrollo del ser humano. Este hecho indiscutible se ha acabado traduciendo en una adaptación de nuestro cerebro, que posee una región que responde de forma más rápida ante la presencia de animales que ante cualquier otro objeto e incluso ante otros seres humanos. Esta conexión ha sido descubierta gracias a los experimentos realizados por un equipo de neurocientíficos sobre 41 pacientes que padecían epilepsia, cuyos resultados han sido publicados recientemente en Nature Neuroscience.

Se encuentra en una de las zonas más primitivas de la mente humana

Los investigadores, liderados por Florian Mormann, del Instituto Tecnológico de California, se encontraban estudiando la reacción de unas zonas internas del cerebro, denominadas amígdalas cerebrales, cuando observaron la peculiar respuesta que se producía cuando los pacientes veían imágenes de animales. Mormann y su equipo consiguieron localizar con gran precisión la región cuya respuesta era mayor y determinaron que era la amígdala derecha “la responsable de procesar las imágenes de los animales”, explica Mormann.

Estas amígdalas están en “una de las regiones más antiguas del cerebro”, afirma Mormann. Así que, teniendo en cuenta que los animales han supuesto “un estímulo importante para el ser humano”, dado que pueden representar un peligro o una presa, “podría ser que las amígdalas hayan terminado por especializarse en procesar esta clase de estímulos”, concluye.

Aunque el experimento ha sido realizado sólo con imágenes, los investigadores creen que esta respuesta se daría también a través de otro tipo de estímulos no visuales. “La amígdala es una parte del sistema límbico que procesa todo tipo de información sensorial, especialmente la visual, auditiva y olfativa”, explica Mormann. Este hecho hace que el investigador concluya que, pese a que sólo han realizado pruebas visuales, “es de esperar que la amígdala también responda a sonidos animales”.

“El trabajo que han realizado es muy relevante”

El científico también destaca el hecho de que las amígdalas no sólo están relacionadas con reacciones emocionales, como el miedo. “Cuando realizamos las pruebas, esperábamos obtener una respuesta con imágenes de serpientes o arañas”, sin embargo, la reacción “era independiente del contenido emocional de las imágenes”, explica Mormann.

Este hecho es de especial interés para Luis Miguel Martínez, investigador del Instituto de Neurociencia de Alicante, quien valora positivamente el estudio. “El trabajo que han realizado es muy relevante”, no sólo porque hayan conseguido localizar las zonas del cerebro donde se procesan las imágenes de los animales, sino porque han observado que “las amígdalas no sólo están relacionadas con respuestas emocionales, como se pensaba hasta ahora”. El investigador español también destaca el procedimiento experimental llevado a cabo por Mormann y su equipo, dado que “este grupo ha desarrollado técnicas que les permiten analizar células neuronales individuales”, afirma.

Podría resultar paradójico que un estudio basado en los últimos avances de la ciencia haya terminado por demostrar que, aunque los seres humanos puedan pasar su vida sin tener contacto con el mundo animal, en lo más profundo de nuestro cerebro existe algo que aún nos mantiene conectados a ellos.

Fuente: Publico.es