“Progreso moral y bienestar animal” Artículo de Peter Singer

PRINCETON – Mahatma Gandhi observó certeramente que “la grandeza y el progreso moral de una nación pueden ser juzgados por la forma en que trata a sus animales”. Intentar reducir el sufrimiento de aquellos que se encuentran completamente bajo nuestro dominio, sin poder defenderse, es verdaderamente un signo de una sociedad civilizada.

En consecuencia, si se observa el avance de las leyes tendientes al bienestar animal en todo el mundo se puede tener una medida del progreso moral en general. El mes pasado ocurrieron acontecimientos paralelos en lugares opuestos del planeta que dieron motivos para pensar que el mundo, lentamente y con dificultad, se está volviendo un poco más civilizado.

En primer lugar, la Cámara de los Comunes británica aprobó una moción dirigida al Gobierno para imponer una prohibición del uso de animales salvajes en circos. Fue presentada tras la publicación de una filmación oculta, obtenida por Animal Defenders International, de un trabajador de circo que golpea repetidas veces a Ana, una elefante. Al menos al principio, la medida fue resistida por el gobierno conservador, pero recibió el apoyo de miembros de todos los partidos políticos. En un triunfo para la democracia parlamentaria, fue aprobada sin oposición.

De manera más polémica, la cámara baja del parlamento holandés aprobó una ley que da a las comunidades judía e islámica un año para demostrar que los animales sacrificados mediante los métodos tradicionales no experimentan más dolor que los que son aturdidos antes de su muerte. Si no se presenta dicha evidencia, en los Países Bajos se requerirá aturdir a los animales antes de su faena.

A veces ha parecido que los avances para los animales en los países occidentales tienen como contrapeso un aumento del nivel de maltrato en China, a medida que la creciente prosperidad en ese país eleva la demanda de productos de origen animal. El vídeo de la paliza a Ana me resultó difícil de ver, pero no se puede comparar con los que he visto documentando la crueldad hacia los animales en China.

Las repugnantes imágenes disponibles en línea muestran osos encerrados en jaulas tan pequeñas que no pueden ponerse de pie o, en algunos casos, moverse en absoluto, para que así se les pueda extraer su bilis. Peor aún (si se pueden comparar tales atrocidades) es un vídeo que muestra cómo se desuellan vivos a animales que tienen el infortunio de poseer pieles de valor comercial, tras lo cual son arrojados a un montón sanguinolento donde se los deja morir lentamente.

A la luz –tal vez habría que decir la oscuridad– de tales imágenes, a veces se sugiere que el bienestar animal es una preocupación exclusivamente occidental. Pero eso es inverosímil, dado que la tradición budista pone más énfasis en la preocupación por los animales que el judaísmo, el cristianismo o el Islam. Mucho antes de que los filósofos occidentales incluyeran a los animales en su ética, filósofos chinos como Zhuangzi manifestaron que el amor debe estar presente no sólo en las relaciones entre los seres humanos, sino entre todos los seres sintientes. En la actualidad, China tiene sus propios activistas por los derechos de los animales y hay indicios de que su mensaje se está comenzando a escuchar.

Una señal reciente también tiene relación con los circos. Los zoológicos chinos han atraído multitudes mediante la organización de espectáculos de animales, permitiendo al público comprar pollos, cabras y caballos vivos para ver cómo son destrozados por leones, tigres y otros grandes felinos. Ahora el Gobierno chino ha prohibido que los zoológicos estatales participen de semejante crueldad.

Con todo lo bienvenidas que son estas iniciativas, la cantidad de animales en los circos y zoológicos es pequeña en comparación con las decenas de miles de millones de animales que sufren en las granjas industriales. En este ámbito, los países occidentales han dado un ejemplo deplorable.

Sin embargo, recientemente la Unión Europea ha reconocido que el confinamiento intensivo de animales de granja ha ido demasiado lejos. Ya ha prohibido mantener terneros en habitáculos individuales y en seis meses será ilegal en los 27 países de la UE, desde Portugal a Polonia, Gran Bretaña y Grecia, mantener gallinas ponedoras en las jaulas de alambre que hoy predominan en la industria del huevo en todo el mundo. En enero de 2013, también se prohibirá mantener cerdas de cría en habitáculos individuales.

Estados Unidos va a la zaga de Europa en la eliminación de las peores formas de abuso de los animales de granja. El problema no radica en los votantes, que en estados como Florida, Arizona y California han demostrado que quieren que se dé a los animales de granja una mejor protección de la que la industria animal suele ofrecer. Los mayores problemas están en los estados que carecen de un mecanismo para que los ciudadanos puedan iniciar un referéndum al respecto. Lamentablemente, este grupo incluye a los estados del medio oeste y el sur, donde se produce la mayoría de los animales de granja estadounidenses.

El Gobierno centralizado de China puede, si así lo decide, asegurarse de que las leyes de bienestar animal se apliquen en todo el país. El movimiento chino por el bienestar animal no debe contentarse con su pequeño pero visible éxito respecto al abuso de animales en los zoológicos. Debe pasar a la meta mucho más importante de mejores condiciones de vida y una muerte más humana para los osos y los animales con pieles de valor comercial, así como para las vacas, cerdos, gallinas ponedoras y pollos.

Quedan muchos otros países con lamentables estándares de bienestar animal. En Indonesia, por ejemplo, Animals Australia grabó vídeos que muestran un trato tan brutal a reses criadas en Australia, que el Gobierno australiano suspendió las exportaciones de ganado al país. Algunos parlamentarios están pidiendo una prohibición permanente. Al parecer, la mejor esperanza para seguir avanzando radica en que el bienestar animal, como los derechos humanos, se convierta en un problema internacional que afecte la reputación de los países.

El autor es profesor de Bioética en la Universidad de Princeton.

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